Dr Juvenal Barosela: El Da Vinci Cubano

Dr Juvenal Barosela y su esposa Lutgarda Crosa Junio 18 del 1974

Juvenal Barosela Ricardo, conocido como el Da Vinci Cubano, nació en El Esterón, Cayo Mambí en la Provincia Holguín, Cuba, el lejano 18 de Junio del 1885, hijo de Aquilino Barosela (Capitán Sanitario del Ejército Español), y de Petronila Ricardo.

Dr Juvenal Barosela y su esposa Lutgarda Crosa Junio 18 del 1974
Dr Juvenal Barosela y su esposa Lutgarda Crosa Junio 18 del 1974

Juvenal Barosela Ricardo de niño todavía, escucha a su padre conversar constantemente con el Dr Eduardo Macías, quien fue el primer médico que tuvo Sagua de Tánamo. Leyendo, oyendo, así se hizo médico el que nada más alcanzó el título como autodidacta.

Durante una de sus acostumbradas visitas al Doctor Macías, cuando Juvenal había cumplido ya quince años, de pronto llegó una paciente a la cual de verla nada más el médico sabía que el de ella sería un parto difícil y necesitaba de alguien que lo asistiera. “Usted ha preguntado sobre estos asuntos, le dice Macías al jovenzuelo Juvenal, espero que recuerde lo que le he dicho”. Lo recordaba y también recordaba lo que decían los libros del padre, que Juvenal había leído.

Antilla

Casa del sabio Cubano Juvenal Barosela en Antilla, Provincia Holguín, Cuba. Juvenal es conocido como El Da Vinci Cubano.
Casa del sabio Cubano Juvenal Barosela en Antilla, Provincia Holguín, Cuba. Juvenal es conocido como El Da Vinci Cubano.

Juvenal Barosela llegó a Antilla por primera vez en el 1909, cuando ya había cumplido 24 años. Pero no se queda esa vez. Regresa tres años mas tarde y allí fija su residencia y nunca más vuelve a irse de Antilla donde murió a los 91 años de su edad.

Su primer trabajo en Antilla fue como Inspector de Aduana al frente del Departamento de Inmigración, y Barosela está más feliz que nunca: desde el puesto que desempeña tiene acceso a todas las personalidades que en los grandes trasatlánticos visitan la enorme Bahía de Nipe. Y tan valiosos servicios presta que lo reconocen premiándole con un viaje alrededor del mundo, pero él era hombre de ver el mundo llegar, solo eso, no de embarcarse por esos rumbos.

En la época de Juvenal Barosela existían en Antilla dos médicos, Francisco Plá, que es responsable de comprobar la salud de quienes entran por el puerto, y el Dr Germany, que atiende a los vecinos. Lamentablemente no había dentista en esos tiempos. Pero Juvenal había alcanzado experiencia en esa ciencia, y por otro lado es un sueño que puede realizar, de ahí que instaló un gabinete dental en la mismísima oficina de Inmigración, donde atendía a viajeros y a vecinos. Y tan satisfechos están todos que muy pronto el médico adquiere fama y una muy numerosa clientela.

Y cuando hace falta más que un buen saca muelas, Juvenal hace curaciones y hasta actúa como anestesista.

El 29 de diciembre de 1918 contrae matrimonio con doña Lutgarda Crosa Laffita, mujer paciente y bondadosa que será la compañera eterna de Barosela y actuaría como su mejor enfermera.

Leía sus libros hasta tarde en la noche. Los temas eran variados, biología, anatomía, historia, artes, lenguas extranjeras. Con los marineros que llegan constantemente Barosela consiguió dominar casi a la perfección el inglés, francés, portugués, alemán, noruego y griego. Y así Juvenal Barosela llegó a ser un notable médico.

Regresando con Barosela a Cayo Mambí, antes de irse definitivamente de aquella comarca, un día Juvenal iba camino a su casa, y vio a un hombre que le pegaba brutalmente a un niño. Juvenal intervino. El hombre estaba verdaderamente cansado de lo que consideraba malacrianzas del chiquillo. Sin pensarlo Juvenal le da la solución que el padre necesita: si le da el muchacho, dice, él lo educará. Y así, con el lloroso crío de la mano vuelve Juvenal a casa y allí le da comida, hogar y una esmerada educación durante años. Así Julio Romero, que así se llamó el muchacho, se convierte en inseparable de Juvenal y con él se muda a Antilla. Uno en un sillón, el otro en otro: los dos leen sin cansancio y muy pronto el muchacho se convierte en un eficiente tenedor de libros y comienza a trabajar.

Enterado de la buena situación en que ahora está su hijo, el padre de Julio Romero va a Antilla y le reclama a Juvenal que le devuelva el muchacho. Nada puede hacer ante los derechos del padre, solo verlos ir. Pero al día siguiente Julio regresó después de fugarse de la casa, y le pide amparo a Barosela. La ley de la Patria Potestad es tajante y nada dice cuando el padre que reclama al hijo es un abusador. Si el padre de Julio vuelve, Julio tendría que irse aunque ninguno de los dos quería separarse. Barosela estaba al borde del desespero y por eso decidió esconder a Julio Romero en la bodega de un barco noruego que zarpaba al día siguiente y les pide a unos amigos que cuiden del niño.

Dr Juvenal Barosela su esposa Lutgarda Crosa Uno de sus hijos y amigos
Dr Juvenal Barosela su esposa Lutgarda Crosa Uno de sus hijos y amigos

Al principio se carteaban incesantemente, pero la distancia pudo más… cesa el puente que los unía. Ninguno sabe más del otro por los siguientes 30 años. ¡Treinta años!

Al gabinete dental de Juvenal Barosela Ricardo allá en Antilla acudía sin interrupción una fila pacientes. Este se quejaba que estaba perdiendo la visión de un ojo y “el médico” le examinaba las encías. Sin creer que una cosa tuviera que ver con la otra, el paciente se hacía la radiografía que Juvenal le recetaba y, oh, milagro, el médico había dado con la causa de la maleza: una muela oculta dentro de la encía estaba provocando la pérdida de la visión.

Otra vez su intuición volvió a darle la clave que hasta ese momento nadie en el mundo había imaginado, pero antes tenía que estar seguro. Y para estarlo Juve (como le decían en Antilla quienes le querían, esto es, toda la población), pidió al Hospital del central azucarero Preston que le facilitaran el apéndice de un operado, entonces extrajo el humor (pus) y, era cierta su hipótesis: el pus del apéndice era similar en todo al de la piorrea (enfermedad de las encías). Y entonces fue que con seguridad aconsejó a todos los enfermos de piorrea que se extirparan el apéndice si es que se querían curar, de eso estaba seguro. Pero ninguna publicación especializada de la época iba a tomar en serio a un aficionado, y Barosela guardó su descubrimiento.

Como comúnmente ocurría en las oficinas de Inmigración del puerto de Antilla, los doctores Plá y Germani en conversación con Juvenal le hacen saber que el profesor de la universidad de La Habana y miembro de la Academia de Ciencias de Paris, doctor Wells, iba a presentar un trabajo sobre la piorrea que, consideraban ellos que representaría un verdadero triunfo para la medicina y un gran beneficio para la humanidad. Pidió Juvenal más información y los amigos le leyeron lo que publicaban en la prensa. Juve oyó atentamente y finalmente le dijo a sus amigos: “Les aseguro que desafortunadamente el Dr. Welles no triunfará porque la piorrea no es una enfermedad local sino un síntoma que produce un estado patológico del organismo…”

Dieciocho años después desde La Habana el Dr. Plá le envía a Juvenal Barosela desde La Habana la edición del 15 de febrero de 1930 del periódico francés Le Siele Medical, en el que aparecía un artículo con el título: “NOCIONES ETIOLOGICAS NUEVAS SOBRE LA PIORREA ALVEOLO-DENTARIA”, y a continuación un subtítulo que decía: “La piorrea no es una enfermedad local sino un sintóma que produce un estado patológico del organismo”. El Dr. Plá había subrayado el subtítulo y al lado escribió: “Parece que esto lo escribió usted, Juvenal”.

Una mañana irrumpieron en el Gabinete Médico de la Oficina de Inmigración del puerto de Antilla varios hombres que traían un empleado de los ferrocarriles al que un tren acababa de aplastarle un brazo y una pierna. Juve propuso que llamaran a uno de los médicos titulares, pero ninguno estaba en el pueblo. Haga algo, le dicen los desesperados, pero Juvenal Barosela no tenía enfermera alguna a mano, tampoco sangre para trasfundir al que casi está al morir, y para colmo de males, el médico no tiene ningún aparato regulador que lo guíe. Pero aún así Juve amputa la pierna y el brazo con la única ayuda de un amigo del accidentado que le sujetaba la careta para el anestésico. El hombre se salvó y los amigos dijeron que fue Dios quien guió al médico al cortar, pero sus colegas dijeron que fue el inteligente juicio de Juve quien le señaló el lugar exacto.

Dr Juvenal Barosela en su casa en Antilla con algunos de sus familiares y amigos durante la celebración de su 89vo cumpleaños
Dr Juvenal Barosela en su casa en Antilla con algunos de sus familiares y amigos durante la celebración de su 89vo cumpleaños

Otra vez Juve se ve en la necesidad de socorrer a un hombre herido de catorce machetazos que casi lo matan. Mandó el médico que pusieran a hervir mucha agua y que le buscaran sábanas, hilo, aguja y sal. Cuando tuvo todo procedió a realizar la curación. (¡En una de las heridas tuvo que darle 74 puntos!), pero no era esa la peor de las heridas, era la peor la que casi abría el cuello y que había provocado que salieran los tendones y venas y que la oreja pendiera de un hilo… también esa la cerró el médico y la vendó. Luego mandó que le mantuvieran los vendajes húmedos con sueros fisiológicos (que él mismo preparó). Asombroso, dicen, fue comprobar que cuando el médico retiró los vendajes la herida estaba prácticamente curada.

Cuando llega a Cuba una Comisión con el encargo expreso del Colegio Médico colombiano de visitar a todos los médicos autodidactos para someterlos a exámenes y legalizar sus títulos, (por cierto esta Comisión ya había hecho en otros lugares de América lo que ahora era una oportunidad para los cubanos). Sus amigos sugirieron a Juvenal Barosela que se presentara, ninguno de ellos tenía la menor duda de que saldría con excelentes puntuaciones. Pero Juve creyó que hacerlo era una ostentación y rechazó el ofrecimiento diciendo que “él no había pasado por la Universidad y que por tanto no merecía tener título…”

No solo en medicina fue Juvenal Barosela Ricardo una genio, sino que también lo fue en otras ramas: era él quien arreglaba la locomotora que arrastraba los carros de caña al central cercano.

En la década de 1960 Juvenal Barosela aporta los datos de forma minuciosa y detallada, para hacer los arreglos que se necesitaba para mejorar la navegación marítima en la Bahía de Nipe.

Asimismo Juvenal fue buen farmacéutico. Él mismo creó fórmulas para hacer medicamentos que curaban afecciones dermatológicas. Por cierto, llamamos a la farmacia de Antilla y le confirmaron que aún hoy esos preparados se siguen haciendo con la receta dejada por Barosela, quien, también, era experto en la confección de prótesis dentales y de aromáticos perfumes con los que obsequiaba a sus amistades. (Por su modestia nunca patentó ninguno de sus inventos).

Al estudio de la historia del arte dedicó muchas horas de estudio. Dicen quienes le conocieron que poseía tal caudal de conocimientos sobre lugares de todo el mundo como si los hubiera visitado.

La filatelia era uno de sus entretenimientos. Llegó a poseer 45 mil sellos de varias partes del mundo y la colección completa de sellos emitidos en Cuba hasta poco antes de su muerte. También jugaba muy bien al ajedrez, sin embargo nunca aceptó competir en ninguno de los campeonatos del municipio, pero sí le gustaba ganarle a todos los campeones municipales.

Con virtuosismo tocaba la guitarra y el violín, e incluso, ocasionalmente interpretaba en público piezas con esos instrumentos… Por eso su hogar era punto obligado de la mayoría de los artistas que visitaban el pueblo: Vicente Golava, guitarrista español, Luis Suárez, poeta cubano, Sindo Garay, Blanquita Becerra, Libertad Lamarque (quien estuvo en su casa en 1946), Tito Guisart…

Dicen que su biblioteca era la más copiosa de Antilla, sobre todo de literatura médica, pero también sobre las grandes culturas de la humanidad. Nadie en el pueblo tuvo una colección mayor de Enciclopedias. Y dicen que Juve también poseía objetos de arte muy valiosos, de los que él conocía cada detalle: eran estos objetos figuras de porcelana fina, de maderas preciosas, de bronce, de plata. Incluso, algunas de esas figuras fueron confeccionadas por él mismo. Igual Juve fue un ebanista excelente: por ahí quedan algunos muebles de diferentes estilos por él confeccionados.

Y si ya no fuera suficiente para probar que dimos con la historia de un muy singular personaje, hay más. Juvenal Barosela Ricardo fue un coleccionista furibundo de relojes, sombreros, lámparas, mesas, sillones, buroes. Y ya es mucho para alguien, no lo era para el versátil mundo de don Juve, todavía él consiguió tiempo y talento para la pintura y la caricatura. Esta última la ejercía en el circulo de sus amigos más allegados.

Donde reaparece el niño maltratado ahora tan médico como Albertico Limonta (y después dicen mal de Félix B. Caignet).

Ya habían pasado más de treinta años desde la última vez en que Juvenal y Jorge se despidieron. Si recuerdan bien el muchacho se había fugado en un barco griego con la ayuda de Juve. Hacía años que no se escribían. Y un buen día invitan a Barosela a una reunión a la que concurrieron altas personalidades de la medicina de diferentes partes del mundo y… oh, milagro!!!. Allí estaba él, Julio, ahora un respetado profesional de la medicina.

Un día funesto Juvenal se percata de una molestia en la lengua. Podía ser la prótesis dental que lo estaba lastimando, pensó, y se dedicó a hacerle algunos arreglos. Pero la molestia persistía. Entonces comenzó a tratarse el mismo: se observó detenidamente… y lo descubrió que la molestia se la provocaba una afección casi insignificante. Se aplicó una pincelada con un producto por él mismo creado por si la afección era el inicio de una tumoración maligna. Con eso tendría, estaba seguro. Pero la afección creció. Otro cualquiera habría tenido dudas, Juve no. Él mismo hizo su diagnóstico: Leucoplacia de la lengua, provocada, dijo, por fumar excesivamente. Mandó a hacer una biopsia y mientras, para ir adelantando, se auto-destruyó todas las papilas y las úlceras. (Era el 31 de diciembre de 1971).

Pero no tuvo mejoría, con el transcurso del tiempo la molestia crecía. Consulta médicos de la localidad y no queda satisfecho. Entonces acude al Hospital Lenin, de la ciudad de Holguín. Le mandan a hacer una nueva biopsia; el diagnóstico es el mismo hecho dos años atrás por el propio enfermo.

Juve sabía que no tenía salvación y comienza a hacer los últimos y urgentes actos de su vida… los libros los dejó con él hasta el final. Cuando estuvo seguro que ese momento estaba muy cerca, donó su exquisita biblioteca al pueblo de Antilla. El 9 de Junio del 1976 dejó de funcionar la casi perfecta maquinaria de su cerebro. Ese día, dicen en Antilla, murió el Da Vinci del pueblo.